Los amigos de Bergoglio

por Gianni Valente
fotos de Paolo Andrea Valente

La cita es para el domingo a mediodía, frente a Nuestra Señora de Caacupé. «Procesión y misa “de sanación y liberación”», prometían los folletos que llegaron incluso a las casuchas más desconchadas de Villa 21. Al principio son más de doscientos, pero muchos más se van añadiendo conforme el pequeño desfile que abre el obispo Óscar se adentra por la maraña de callejuelas llenas de barro abarrotadas de tuberías amontonadas, hilos de la luz colgando por doquier, esqueletos de automóviles carbonizados. En la fiesta de san Pantaleón, médico y mártir, que cae a mediados del invierno argentino, hay que pedir protección contra la gripe, la pulmonía y las otras enfermedades de la estación. Pero hay más. «Que cada cual mire dentro de su corazón y vea lo que está pasando», es la invitación que hace el padre Pepe durante la misa, en la plazoleta atiborrada hasta los topes. «Reconozcámonos todos pecadores, y que tenemos necesidad del Señor para curarnos. Por los que están enfermos en el cuerpo y en el alma, por quien está preocupado y está teniendo un problema serio… Pidámosle a nuestra madre, la Virgen de Caacupé, que nos ayude a tener la salud que necesitamos en nuestro barrio». Al final de la misa, los mayores se ponen en fila para recibir la unción de los enfermos. Para que «el Espíritu Santo del perdón nos sane y nos libere de toda enfermedad… Como escribe Santiago, la oración hecha con fe salvará al enfermo».
      El poeta Charles Péguy, quizá pensando en la parábola del fariseo y del publicano, escribe que el rico cuando reza habla, el pobre pide cosas que sirven para la vida: la paz en la familia y en el mundo, la curación de una persona querida, la salud del alma y del cuerpo. En las villas miserias –las favelas argentinas, mitad barracópolis y mitad barrios obreros– no es difícil caer enfermo. En Villa 21, además, está también el Riachuelo, el «río asqueroso, el más contaminado del mundo» –lo dicen ellos– que corre aquí al lado apestando el aire con sus miasmas. Una parte de la Villa ha crecido sobre las montañas de basura de los vertederos abusivos, Dios solo sabe qué es lo que hay debajo. Cuando cada día, varias veces al día, los trenes de mercancías cortan sin pedir permiso la maraña de calles de tierra, las paredes de las casuchas tiemblan como si fueran de cartón y de vez en cuando alguien –casi siempre niños atropellados mientras juegan por la calle– pierde alguna pierna. Y luego están todas las otras enfermedades, las mismas que martirizan a los conglomerados marginales de tantas periferias urbanas del sur del mundo: los chicos devastados por el “paco”, la droga para pobres hecha con los residuos de fabricación de la cocaína; los niños de la calle, los borrachos que pegan a sus mujeres, las mil historias descarriladas, las familias destrozadas, las vidas en bancarrota de los muchos que han tirado la toalla. Incluidos aquellos a quienes la crisis de 2001 dejó en la calle, después de que los bancos con sus tipos de interés les robaran sus casas.
      Hay mucha gente que ha de curarse. Pero junto a todo esto, hay también una corriente de vida buena, una línea de curación que con el tiempo se expande en los días enmarañados y cansados de los “villeros”.
      «Ha sido el padre Pepe», dicen todos. Dicen por ejemplo que desde que en Caacupé está él, el padre José “Pepe” di Paola, con sus amigos –el padre Facundo, don Charly, el diácono Juan y todos los demás– la gente ha dejado de matarse por la calle. Los paraguayos no se lían ya a cuchillazos con los bolivianos. Pero si le sacas la conversación, él enseguida la esquiva con su carcajada fragorosa y contagiosa: «No nos hemos inventado nada», dice, «solo nos hemos colocado detrás de los guaraníes que hoy viven en la Villa y a los santos que se trajeron de sus pueblos cuando llegaron aquí a la ciudad». También de ellos ha aprendido Pepe que poco se puede hacer si no hay una corriente de simpatía con la Virgen y los santos. Y antes que él esto lo había aprendido también el padre Daniel.
     

Amigos en el Paraíso
      Las canciones populares del barrio hablan de él como «el ángel de la bicicleta», sobre la que a principios de los noventa moriría atropellado por un bus. En cambio los murales naïf que pueblan la Villa lo retratan con los brazos abiertos, mientras cierra el paso a las excavadoras que están demoliendo las barracas de los villeros. Era el año 1978, y el régimen había decidido limpiar la ciudad, antes de que llegaran los Mundiales de fútbol. Lo llamaban “plan de erradicación”. Daniel de la Sierra, el cura claretiano que levantó la iglesia de Nuestra Señora de Caacupé en Villa 21, se colocaba en medio con su cuerpo inerme para la resistencia pasiva a la violencia de las “topadoras”. Y, como él, los otros sacerdotes del “equipo de los curas de la villa”. Los que ya durante el Concilio habían decidido instalarse en los barrios de barracas bonaerenses que se llenaban de emigrantes procedentes por lo general de Paraguay, de Bolivia y de las provincias pobres del norte argentino (Tucumán, Santiago del Estero, Jujuy, Salta, Misiones, Corrientes), para confesar el amor de Cristo en medio de los “cabecitas negras”, compartiendo en todo la vida de aquellos a los que el resto de la ciudad consideraba “gente mala”, vagabundos peligrosos, medio granujas a los que mejor no acercarse.
      Los curas villeros eran curas tercermundistas, no hay vuelta de hoja. Iban a la Villa para dar testimonio de que que Cristo estaba con los pobres. Querían comprometerse con actitud generosa en las luchas populares de aquellos años. Pero cuando llegaban, y la gente se daba cuenta de que eran curas, empezaban a preguntar: «Hola, padre, tengo dos chicos que bautizar»; «¿cuándo empieza el catecismo?»; «¿hay misa el próximo domingo?». «La sorpresa», escribió Jorge Vernazza, uno de los pioneros, desaparecido en 1997, en el libro que cuenta la historia de todos ellos, «era comparable solo a nuestra ignorancia sobre el sentimiento real de la gente… A veces hablábamos entre nosotros de buscar una “fe auténtica”, pero nos esperábamos más de los “grupos de reflexión evangélica” que de los tradicionales métodos de difusión de la fe… la realidad de la gente de las villas con la que nos comprometíamos con generosidad y sin prejuicios terminó abriéndonos los ojos frente a la riqueza de la devoción propia del pueblo». Así pues, los curas villeros se pusieron a construir capillas de nombres explícitos (Santa María Madre del Pueblo en Bajo Flores, Cristo Obrero en Villa de Retiro, Cristo Libertador en Villa 30) donde celebrar los bautizos, las bodas y los funerales, rezar rosarios, organizar procesiones, en el mismo momento en que cada día trabajaban para apoyar las necesidades materiales y político-sociales de los villeros: comisiones para el agua, las cloacas y la electricidad, para que llegara también a las villas algo de asistencia sanitaria, resistencia organizada a los planes de demolición que periódicamente organizaban los distintos regímenes militares, cooperativas de construcción, comedores populares. Algunos de ellos no escondían sus simpatías por la izquierda peronista: en 1972, en el avión que llevaba a Perón a Argentina para su último y efímero regreso al poder, estaba también el padre Vernazza con Carlos Mugica, el sacerdote mártir de Villa de Retiro, asesinado por las balas de los paramilitares el 11 de mayo de 1974, mientras volvía a casa después de celebrar misa (véase el recuadro). Pero su estar dentro de la vida real de las villas los exponía a incomprensiones de signo opuesto. Había quienes los consideraba subversivos con sotana, curas contaminados por la propaganda marxista: en el otro frente, tampoco los intelectuales de la izquierda xenófila, incluidos los de matriz eclesial, escondían su iluminado desprecio por esos villeros tan cautivados por las necesidades primarias que ni siquiera tenían tiempo para la insurrección, y hacia sus padres curas que seguían perdiendo tiempo en rosarios y Vírgenes, misas y confesiones. «Piensan hacer la revolución yendo en peregrinación a la Virgen de Luján», dijo alguien con ironía cuando a finales de los setenta los curas villeros –por sugerencia de una madre de familia de la capilla de Bajo Flores– organizaron la primera peregrinación anual de las villas al santuario mariano nacional, a cincuenta quilómetros de la capital. Declara Pepe: «En aquellos años ese fue el punto de mayor incomprensión entre los curas de Buenos Aires y el progresismo malentendido de algunos eclesiásticos que quizá llegaban de Europa con cierta mentalidad ilustrada. Por una parte estaban quienes habían visto y seguido la fe del pueblo, su modo de vivirla y expresarla. Por la otra estaba la soberbia de quienes venían de fuera a dar lecciones».
     

Los nuevos amigos
      Desde mediados de los ochenta también en América Latina cambian los eslóganes con que se hace carrera eclesiástica. Se aprecia a quienes polemizan con la Teología de la Liberación. En los análisis de los nuevos conferenciantes eclesiales à la page, incluidos los que flirtean con el liberismo galopante, también los curas villeros son considerados como un reflejo local del tercermundismo católico en vías de liquidación.
      Pero las villas en Buenos Aires y en todas las metrópolis argentinas siguen existiendo. Pasado el tiempo feroz de la dictadura, vuelven a abarrotarse de nuevo con las masas de nuevos pobres, incluidos los producidos en los últimos años del espejismo liberalista de finales del siglo XX. Los curas villeros siguen compartiendo los acontecimientos y los afanes cotidianos del pueblo que han decidido seguir. En sus barrios off-limits, donde los taxistas no entran y donde ni siquiera se aventura la policía, ellos siguen siendo fieles a los gestos más sencillos de la fe de su gente: siguen rezando rosarios, construyendo capillas, celebrando todas las fiestas de la Virgen. Sin casi quererlo, custodian tesoros de devoción que otros parecen haber perdido, entre un programa de concienciación y una estrategia de hegemonía cultural.
      «Una imagen en cada casa, una hornacina en cada cruce»: esto es lo que pretendía para su Villa Rodolfo Ricciardelli, uno de los fundadores del movimiento de los sacerdotes para el Tercer Mundo; que fue también uno de los primeros miembros del “equipo de los curas villeros”, muerto el pasado 14 de julio tras dos años de enfermedad. Lo recordó el cardenal Bergoglio, celebrando sus funerales en la iglesia de Bajo Flores frente a la gente del barrio –niños, viejecitas, obreros, los viejos compañeros y también los nuevos, el pelotón de curas jóvenes, entre los treinta y los cuarenta años, que hoy trabajan en las villas. Los que siguen caminando por el camino comenzado por Mugica, Vernazza, Ricciardelli, el padre Daniel de la Sierra. Y pueden parecer cualquier cosa menos epígonos nostálgicos de una época eclesial ya pasada. «El tiempo que corre hace más claras las cosas», explica Guiglielmo, párroco en Villa Retiro, en la iglesia de Cristo Obrero donde ahora está enterrado Mugica. «Se ve mejor que también para los primeros el único criterio era el Evangelio. Amar a los pobres viviendo entre ellos, como hizo Jesús. Para algunos de ellos, en aquellos tiempos difíciles, eso quería decir también comprometerse en las luchas políticas. Pero esto tenía que ver con las circunstancias de la época». Ahora, depurados de los residuos de ideología, ya no existen los equívocos ni los malentendidos en torno al trabajo de los curas villeros. Es más, florecen providenciales proximidades. «Trabajamos con el mismo espíritu de quienes nos precedieron», explica el padre Gustavo, párroco en Villa Fátima: «Las situaciones y los problemas son distintos, pero nos une a ellos lo más importante: la admiración y la premura por la fe del pueblo y por sus devociones». Después de tantas incomprensiones incluso eclesiales, a su lado está el obispo. «El padre Bergoglio», cuenta Gustavo, «manifiesta con su estilo la opción preferencial por los pobres. Ha creado muchas nuevas parroquias en los barrios obreros. Fue él quien me propuso que fuera cura en una villa, y se lo pidió también a otros sacerdotes recién salidos del seminario». Hace tres años los sacerdotes del equipo de las villas miserias eran menos de diez, ahora son unos veinte, casi todos jóvenes. De vez en cuando, el arzobispo sale de la curia de Plaza de Mayo y toma el metro, luego sube a algún autobús y se presenta en una u otra villa a bendecir nuevos comedores populares, administrar el bautismo y la confirmación, inaugurar nuevas capillas, celebrar la fiesta del santo o de la Virgen patronos de la parroquia. A veces hasta se queda a comer con ellos locro, la sopa de carne y maíz que cocinan al aire libre en enormes ollas. Y mientras tanto se conforta, como un padre mirando jugar a sus niños, porque «hace bien al alma ver qué sabe hacer el Señor en medio de sus hijos predilectos».
     

Pídanle a san Cayetano
      En la última fiesta de san Cayetano, durante la homilía, el padre Bergoglio se lo preguntó a todos los que tenía ante sí: una parte de los cientos de miles de argentinos que como cada año habían acudido a abarrotar el barrio periférico donde surge el santuario para pedir gracias al santo del pan y del trabajo o para agradecerle las recibidas. «Les hago una pregunta: ¿la Iglesia es un lugar abierto solo para los buenos?»; y todos responden en coro: «¡¡¡Noooo!!!». El cardenal vuelve a preguntar: «¿También hay lugar para los malos?»; los demás responden otra vez al unísono: «¡¡¡Síííí!!!». «¿Acá se echa a alguien porque es malo? No, al contrario, se le acoge con más cariño. ¿Y quién nos lo ha enseñado? Nos lo ha enseñado Jesús. Imagínense, pues, lo paciente que es el corazón de Dios con cada uno de nosotros».
      En la parroquia del padre Pepe piensan de la misma manera. Lo único que hay que hacer es mantener abiertas las puertas, hacer que las cosas sean más fáciles. «Aquí todos saben que durante todo el año se puede venir a la parroquia y hacer la comunión o la confirmación después de tomar algunas lecciones de catecismo. Para los bautizos, es suficiente llegar un cuarto de hora antes de la misa». La última vez, en la fiesta de san Juan Bautista, los adultos que se confirmaron eran más de ciento cincuenta. «La gente trabaja, desde el lunes hasta el sábado. Hay que tenerlo en cuenta: no hay que imponer ningún tipo de lastre a las personas. Nosotros confiamos en el trabajo de la gracia más que en el estratagema de alargar los cursos de preparación».
      Será por la confianza en la gracia, y por el “roce” continuo con la Virgen y los santos, por lo que en torno al trabajo de Pepe y de los demás jóvenes curas villeros florece un entramado sorprendente de vida, un remolino espumoso de hechos, iniciativas, cosas que hacer. En la Villa 21, sin ir más lejos, hay catecismo para mil niños y adolescentes que forman parte del “movimiento Exploradores” (una especie de grupo scout salesiano de andar por casa), ocho comedores populares donde comen cada día ochocientas personas, apoyo escolar cotidiano para seiscientos mil chicos, escuelas de fútbol, de música y de costura, casas para la recuperación de los chicos que se drogan y de los niños que viven en la calle, y además, «para los chicos más revoltosos», los que no van al catecismo, está la murga («pero comenzamos siempre con un Avemaría, y el uniforme es azul y blanco, porque son los colores del manto de la Virgen»); y aún más, los retiros espirituales para los grupos de los hombres y las mujeres, para las familias… Una red de caridad desbordante y ligera, donde siempre hay tiempo para intentar algo, y siempre hay algo que intentar, para ayudar a alguien a que no se pierda, para pedir que se vuelva a encender la esperanza en quien parece ya perdido. Dejándose llevar por lo que sucede.
      En 2001, por ejemplo, cuando la economía argentina llegó al colapso, los efectos en la gente de la villa fueron devastadores. Y también cuando las cosas empezaron a funcionar mejor, nadie conseguía encontrar trabajo, ni siquiera alguna changa en casa de los ricos, «porque a los de las villas no los quiere nadie». Pepe y los amigos comprendieron que había que hacer algo. Así que, con la ayuda de la diócesis italiana de Como, nació la escuela profesional de Avenida Pepiri, donde quinientos muchachos de la Villa están estudiando para electricistas, marmolistas, mecánicos, herreros. Y panaderos, que preparan toda la semana el pan para los comedores de la Villa. Ahora las energías están concentradas en el proyecto de recuperación de drogadictos: los fines de semana, el grupo de los hombres de la parroquia sale de la ciudad para levantar, entre una misa y un asado, la granja donde irán a desintoxicarse los chicos drogadictos que lo deseen. «Está camino de Luján, cerca del santuario», señala Pepe, «de este modo, también la Virgen tendrá su parte…».
      El circuito de vida buena que atraviesa la Villa gira entorno a las ocho capillas con murales de colores y las decenas de hornacinas que Pepe y sus amigos han esparcido por las callejuelas y los patios: una red de decenas de lugares donde rezar, decir misa, rezar rosarios. Y donde toda ocasión es buena para consagrar a alguien –niños, hombres, mujeres, viejos– a la Virgen paraguaya de Caacupé, o a la boliviana de Copacabana, o a la argentina de Luján, o a san Cayetano, a san Blas, a San Juan, o a san Pantaleón. La última vez les pasó a treinta parejas de villeros, a los que Pepe había llamado para un retiro espiritual de dos días en la Santa Casa de Avenida Independencia: «Estaba también el obispo Óscar. Rezamos, celebramos misa, hablamos de las penas y de las alegrías, y luego todos los matrimonios se consagraron a la Virgen de Luján. Algunos se conmovieron. Al final, algunas parejas vinieron a pedirme que celebrara en la iglesia su boda». Porque «en la Villa hay bastantes que viven juntos desde hace años, y crían a sus hijos, pero sin estar casados…».
     

Por una vida sosegada y tranquila
      «Gracias, san Expedito, por los milagros», está escrito en una pancarta en la entrada de la Villa, en el barrio de Zavaleta. El soldado romano, el santo de las causas urgentes, aquel a quienes todos acuden cuando el tiempo apremia y el túnel no parece tener salida, siempre encuentra nuevos amigos, en las villas y en toda Buenos Aires. El milagro que piden no es la revolución, el mundo perfecto, sino una vida tranquila, la salud del alma y del cuerpo, que haya un trabajo por el que levantarse por la mañana, y que los chicos no se pierdan en el laberinto negro de la droga, donde todo es oscuro. Por eso, como dice el eslogan de la parroquia, «Caacupé calla, reza y trabaja por su barrio»: Ora et labora. Como ya pasaba hace más de trescientos años en las “reducciones” de los guaraníes, lo que aquí da color a cada día no es el espejismo de un sueño que alcanzar, sino las gotas cotidianas de caridad que se desprenden de la rutina de los gestos y los momentos ordinarios. La caridad silenciosa y sin medida que sin siquiera darse cuenta esparce a su alrededor Chula, la madre de cinco hijos que cada día, en su casa transformada también en capilla, prepara la merienda y la cena para cuarenta niños de la Villa, «porque se lo había prometido a san Cayetano si mi marido encontraba trabajo». O la de Pablo Ramos, que vino de Paraguay escapando de las torturas de los militares («pero se equivocaban, nosotros éramos de la juventud franciscana, no le hacíamos daño a nadie»), que hubiera querido estudiar para arquitecto, pero no se arrepiente de nada, y le da gracias a Dios porque en la Villa le han dado la oportunidad de construir la capilla de San Blas, y por sus dos “chicos flamantes”, que «cuando los miro así, me dan fuerza y vida también».
      Mientras tanto, los misioneros y las misioneras de la parroquia están repartiendo por las casas del barrio una nueva estatuilla. La llaman «el Cristo de la villa». La diseñaron los muchachos marmolistas y escultores de la escuela de barrio de Pepiri, «después de que los sectarios de la Iglesia universal», cuenta Pepe, «fueran por ahí calumniándonos, diciendo que nosotros predicábamos a un Cristo muerto». La imagen también la han reproducido en el mural de la iglesia. Jesús sonríe victorioso y tranquilizador, aplastando con sus pies la cabeza de una serpiente. La mano que bendice está levantada hacia el cielo, con el brazo tendido, como hacen los goleadores en los estadios cuando meten gol. «Si él juega con nosotros», dice Pepe riendo, «también este año ganamos la Liga».

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