EL SEÑOR DEL MUNDO, por Augusto Del Noce

senordelmundoArtículo publicado en 30GIORNI, enero 1988, pp. 66-69

Hace 80 años, Robert Hugo Benson publicaba El Señor del Mundo, una novela fantástico-político-religiosa que todo católico, hoy, debería leer y meditar. Allí se narra la lucha de un sacerdote inglés contra un régimen “humanitario” que intenta homologar a la Iglesia, reduciendo el Cristianismo a una moral inocua.

 “Era un mundo del que Dios parecía haberse retirado, dejándolo empero en un estado de alta complacencia, un estado sin fe ni esperanza verdadera”. Esta es la percepción que el sacerdote Percy Franklin tiene del mundo contemporáneo, mientras emplea en la reflexión sobre su experiencia el tiempo del viaje en avión de Londres a Roma, donde cuenta con persuadir al Papa de modernizarse; regresando en cambio con una fe que se ha vuelto más viva y más profunda.

Digo “mundo contemporáneo” pera la frase, así como la figura del sacerdote, pertenece a una novela fantástico-político-religiosa que apareció hace años, en 1908, El Señor del Mundo, que hoy la editorial Jaca Book presenta en una cuidada traducción. Si no me equivoco una edición italiana había ya aparecido, con escaso suceso, en los años veinte; pero en verdad, no sólo entonces este libro no podía ser realmente entendido, ni siquiera en tiempos  mas recientes, en el momento de la gran ofensiva del marxismo, o luego en el momento de la revolución sexual. Decir que para los católicos la cosa que más deben temer es “la fuerza inmensa que sabe ejercitar el humanitarismo” con la sustitución de la filantropía a la caridad y de la satisfacción a la esperanza, y recorrer todo el libro sobre el fundamento de esta idea, aparecía incluso en años próximos como una paradoja de escaso vuelo; humanitarismo era una palabra que sonaba de universidad popular de tipo arcaico. Sin embargo hoy que el marxismo está en una declinación irreversible, hasta el punto que se arriesga en ser injustos respecto a su real potencia filosófica[1], y que la revolución sexual y la combinación marxista-freudiana signan el momento, la lucha contra el catolicismo se desarrolla precisamente con el signo del humanitarismo.

¿Qué cosa se exige a los católicos, hoy, de cualquier parte, si no la reducción del cristianismo a una moral, en sí misma separada de toda metafísica y de toda teología, capaz, en su autonomía y en su autosuficiencia, de alcanzar la universalidad y fundar una sociedad justa? Es más, esta moral sería capaz de “poner fin a la secular división entre Occidente y Oriente”, como de hecho se está intentando. Esta moral universal es tolerante: admite que cada cual, el católico incluido, pueda agregar una moral ultramundana, específicamente religiosa en sentido trascendente; y si esto contribuye a  la explicación de su acción práctica, humana, mejor; ser católicos para los humanitaristas es esto. Pero se les impone una condición, reconocer que su fe y su esperanza son precisamente un “agregado”; ética y política prescinden de toda profesión religiosa; ser conscientes significa trabajar por la unión de los hombres de buena voluntad; la fe, en suma, puede dividir, mientras el amor, asociado a una ciencia valida para todos, une. Tal communis opinio, recordada como una tesis masónica esencial incluso en este libro, y que fue ya un lugar común de los profesores de filosofía moral de finales de 1800, retorna hoy.

Una vez más se vuelve a reafirmar la celebre distinción entre católicos integristas y progresistas. Sobre ella ya se habían fundado los “cato-comunistas” diez años antes, para proponer una suerte de “gueto” de los integristas bajo la forma de “exclusión del siglo”, con la justificación hipócrita que “se ha autoexcluido rechazando el diálogo”; hoy, una idéntica actitud es propuesta por los asertores del diálogo “ecuménico” católico-masónico. Existe una moralidad unitaria, susceptible de ser declinada en diversos lenguajes; incluso en el lenguaje católico es admitida con tal que… Las condiciones han sido ya formuladas: subyace en una de las partes dialogantes la persuasión que en los primeros años del tercer milenio debe producirse la muerte del catolicismo en la forma de eutanasia. O mejor: el catolicismo debería ser integrado en el ecumenismo masónico, en este sentido la masonería puede presentarse hoy, y lo hace, como el más refinado de los laicismos; el catolicismo no es ya perseguido sino, precisamente, integrado bajo ciertas condiciones; en el ecumenismo bien puede subsistir la sección de rito católico.

La lectura de este libro me trajo a la mente un ensayo que ha ejercitado en mí una sugestión decisiva en los años juveniles, y que nunca he olvidado, El resentimiento en la génesis de la moral de Max Scheler publicado en 1912, ampliado y actualizado en 1919. Scheler define con tal precisión que no hay más nada que agregar, la radical heterogeneidad de naturaleza entre el amor cristiano y el humanitarismo. El amor cristiano está fundado sobre la idea de Dios, no solamente creador, sino creador por amor;  de aquí la armonía cristiana de los tres amores, de Dios, de sí mismo y del prójimo, en cuanto las realidades mundanas mismas son expresiones del amor de Dios; el amor cristiano, en suma, está centrado sobre “lo divino” en el hombre. El hecho de que la moral subsiguiente este indisolublemente ligada a la visión religiosa del mundo y de Dios explica como resultan fallidos todos los esfuerzos por darle un sentido laico, distinto de su sentido religioso, por encontrar los fundamentos de una moral “humana” universal o de una moral “sin presupuestos religiosos”. Históricamente el equivoco ha sido muy difundido; la polémica de Nietzsche contra el cristianismo supone que éste sea ante todo una moral, sostenida desde el exterior por una justificación religiosa, y no ante todo una religión; confunde cristianismo con humanitarismo, forma de pensamiento contra el cual en cambio su polémica es valida.

El humanitarismo en cambio, justamente porque prescinde de “lo divino” en el hombre, debe dirigirse, no ya a la personalidad del hombre en su singularidad, sino a la humanidad como colectividad y a los rasgos genéricos que la definen; cuando habla del amor, lo reduce a un factor que contribuye al aumento del bienestar sensible. Partiendo de esta distinción neta, Scheler llega a observaciones extremadamente pertinentes que se aplican perfectamente a la sociedad presente; como cuando afirma que el destino del humanitarismo sería fijarse en los aspectos más bajos y más animales de la naturaleza humana, es decir, antes que en la persona, en los caracteres que todos los hombres tienen en común; enmascarando bajo la apariencia de “comprensión” y de “humanidad” un verdadero y preciso odio por todos aquellos valores que trascienden la esfera de lo vital y son por tanto relativos. Es aquello que se confirma hoy por el difuso SCHERNO que se utiliza contra los adjetivos “absoluto” y “externo” cuando están referidos a los valores; y que tiene sus razones últimas, escondidas, precisamente en la sustitución de la moral “humanitaria” a la religión. O si pensamos en esta estupenda observación: “…los santos de la historia que, en la concepción cristiana, vuelven sensible el Reino de Dios mismo, no son ya aquellos grandes “ejemplares”, que permiten a la “humanidad” orientarse, y que siendo parte del “genero” humano sirven para elevarlo; no son más que servidores del mayor gozo sensible de las masas”. Lo que interesa en este pasaje es indudablemente el doble sentido totalmente distinto que asume la palabra “servicio” en las dos concepciones, máximamente noble en la primera, de hecho plebeyo en la segunda: en aquel que hoy es el sentido políticamente prevaleciente, el servicio es referido a lo que la masa (o, eufemísticamente, la gente) quiere, y que no hace por cierto parte de la elevación; y cuáles son los ídolos y los mitos que han sustituido a los santos lo sabemos. Los “servicios” no están ordenados a lo que en el hombre existe de “divino”, y en esta breve frase se puede resumir la crisis presente en la democracia.

Decir que el órgano del humanitarismo es la masonería no expresa un juicio de valor negativo, sino una constatación de hecho; y ni siquiera se busca negar que en la masonería originaria se pensara al respecto de una ley moral única; sin embargo hoy, de hecho, la idea de esta única ley moral ha decaído y ha sido sustituida por una pluralidad irreductible de criterios prácticos o por tipos de realizaciones; y que los mismos “valores comunes”, como el “no matar” o el “no robar” son entendidos, en la ausencia de referencia religiosa, no como imperativo moral, sino como condición necesaria de la funcionalidad social.

El humanitarismo ha reaparecido en términos de pacifismo (algo distinto que la voluntad moral de paz) al momento de la decadencia de los ideales, lo cual se ha verificado en los últimos decenios; de la idea de la revolución comunista por un lado, de la crisis de la conciencia religiosa por el otro. A la idea de una revolución mundial, o su opuesto, de un despertar religioso del cual ciertamente permanece aun hoy la esperanza, la sustituye la aceptación de la diarquía de las superpotencias, y a la idea de la moral, la técnica de la racionalidad social. Ya que el humanitarismo, cualquiera fueran sus intenciones iniciales, debe concluir en una técnica del bienestar largamente difundida,  no nos debe maravillar que hoy la masonería se proponga como custodio del presente estado de hecho; un estado de hecho que, sin embargo, en las condiciones morales presentes representen una, si bien auguralmente  temporaria, necesidad; pero la cual los cristianos no pueden consentir.

La novela de Benson muestra una capacidad de previsión que se aproxima a la profecía; si he querido unir el comentario de ella al de un escrito de Scheler en su mejor período, es porque me ha parecido que, si bien no dirigido en el momento en el cual fue redactado con esta finalidad, confirma filosóficamente el sentido;  ilustra el proceso necesario por el cual el humanitarismo se ha vuelto hoy el más peligroso adversario del cristianismo, y por qué la revuelta anticristiana de nuestro siglo encuentra en él su desenlace.


[1] El artículo aparece en 1988, un año antes de la caída del muro de Berlín, considerado el año de la caída definitiva del régimen marxista en la URSS (N. del t.). 
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