ARGENTINA. Bautismos en Buenos Aires, por Gianni Valente

Masaccio - San Pedro bautizando

Artículo publicado por 30Giorni, octubre 2009.

El baustismo es una cosa sencilla

En la arquidiócesis de Buenos Aires todos los sacerdotes están invitados a hacer que sea lo más fácil posible recibir el bautismo. Evitando fariseísmos y exigencias artificiosas que aumentan la descristianización. El solo hecho de pedir el bautismo para sí o para los hijos «es ya un fruto de la gracia de Dios»

Pedro bautiza a los neófitos, Masaccio, Capilla Brancacci, iglesia de Santa María del Carmen, Florencia

En Mataderos no han escatimado energías ni fantasía. Octavillas en los buzones, carteles en las paradas del autobús, avisos en los escaparates de las tiendas, pancartas en los cruces más concurridos. Y hasta cuatro muchachos por las calles con un carrito y un altavoz. El mensaje era simple y directo, para que todos lo oyeran y lo comprendieran: ¿todavía no estás bautizado? ¿Todavía no bautizaste a tus hijos? No dejes pasar esta oportunidad, es muy fácil, sólo tenés que anotarte, no esperes más tiempo, no les niegues este regalo del cielo. Al antiguo barrio-matadero de Buenos Aires –zona industrial reconvertida en zona residencial, después que la recesión de 2001 vaciara las naves, los depósitos y las fábricas– sigue llegando gente nueva, atraída por el precio del metro cuadrado aún barato. Y el párroco Fernando Giannetti con sus amigos querían que todo el mundo supiera que allí también recibir el bautismo es más fácil que comprar casa. La última vez, a principios de julio, en la primera fiesta popular del bautismo se presentaron casi ciento cincuenta personas pidiendo el bautismo para sí mismos o para sus hijos. Incluida una muchacha de un barrio lejano que había visto los carteles de Mataderos pasando por allí con el autobús. Una breve charla prebautismal a las once, para recordarles a todos qué sucede cuando se recibe el bautismo usando el agua y las fórmulas del rito, y luego la misa, con la iglesia abarrotada de padres, parientes y padrinos, y al final la fiesta parroquial con la murga, tortas y fogata. Durante la fiesta, más de treinta personas dieron su nombre para la próxima misa con bautismo fijada ya para finales de octubre, y muchos recién bautizados se anotaron a los cursos para la comunión y la confirmación. El padre Fernando se sorprende un poco de que el hecho haya metido ruido, que haya hablado de ello incluso La Nación, el diario más difundido del país, presentándolo como una campaña para hacer “más fácil” el bautismo. Repite que él y sus colaboradores no tenían ninguna intención de inventarse originalidades. Sólo querían llegar «a los que por varias circunstancias de la vida no se han bautizado, hacerles saber que había una ocasión clara y non complicada para recibir el bautismo, sin añadir condiciones a la establecida por el Código de derecho canónico, es decir, que sean los padres los que pidan el bautismo para sus hijos menores».
El padre Fernando se ha quedado un poco sorprendido, pero hay que reconocerle a Silvina Premat –la periodista que escribió el artículo para La Nación– un discreto olfato profesional. Porque en la Iglesia y en el mundo de hoy, repetir que el bautismo es una cosa sencilla corre de verdad el peligro de convertirse en una noticia.

Lo antes posible
Por otro lado, tienen razón también el padre Guglielmo y los demás párrocos de Buenos Aires –como el de San Diego, o el de Niño Jesús–, que han hecho correr la voz en sus barrios y en toda la ciudad para recordarles a todos que bautizarse es una cosa sencilla, que todos pueden pedir el bautismo, para ellos o para sus hijos: la suya es todo lo contrario que una iniciativa extravagante ideada para salir en los periódicos. Ellos, como sacerdotes, sólo se han hecho cargo de las circunstancias concretas en que deben trabajar, teniendo en cuenta también las sugerencias de sus obispos, en plena comunión eclesial.
El hecho es que en la católica Argentina, donde para la bandera de la nación eligieron los colores del manto de la Virgen, y donde hasta 1994 un no católico no podía ser presidente de la República, se han dado cuenta de que en los últimos años crece el número de quienes –niños, muchachos, jóvenes, adultos– todavía no han recibido la gracia del bautismo. Sucede por muchos motivos, condicionamientos culturales, psicológicos y morales de vario tipo: porque no se dispone de dinero para hacer la fiesta, porque se espera al padrino que viene de lejos, porque los padres están separados o no se han casado canónicamente, y entonces se piensa que el bautizo no se puede hacer. La diócesis bonaerense imprimió hace poco un subsidio, El bautismo en clave misionera, que es el texto de orientación para todos los párrocos y que muestra que el problema estaba desde hace tiempo en el centro de las solicitudes pastorales de la Iglesia local.
Los obispos de la región metropolitana de Buenos Aires –que comprende también las diócesis de Morón, San Justo, Merlo-Moreno, San Martín, San Miguel, Gregorio de Laferrere, Avellaneda-Lanús y Lomas de Zamora– ya en el mes de octubre de 2002, tras una atenta reflexión, presentaron una serie de indicaciones pastorales para el bautismo de los niños, ahora publicadas de nuevo en el subsidio, con la idea de «ofrecer a todos, al menos, la gracia del acceso a lo esencial de la acción salvífica eclesial, dentro de lo que está, en primer lugar, el bautismo». El memorándum comenzaba constatando que «se ha venido reduciendo la cantidad de niños que reciben el bautismo». Entre los motivos de esta disminución se señalaban sumariamente la secularización creciente, la extendida ignorancia religiosa, el incremento de parejas en situaciones familiares irregulares, el inadecuado diálogo pastoral con quienes se acercan a las parroquias para solicitar el bautismo de sus hijos. Sin añadir recriminaciones o perderse en reflexiones abstractas, el camino que sugieren los obispos es uno solo: no añadir pesos, no alegar pretensiones gravosas, librar el terreno de cualquier dificultad de tipo social, cultural, psicológico o práctico que pueda servir de pretexto para aplazar o suprimir el propósito de bautizar a los hijos. Objetivo mínimo declarado: tratar de que ningún padre se vaya del despacho parroquial con la idea de que alguien, por algún motivo, se ha arrogado el poder de negarle el bautismo a su hijo.

El padre Fernando Giannetti bautizando a una chica durante la fiesta popular del bautismo en la parroquia de Nuestra Señora de la Misericordia, Mataderos, Buenos Aires, el 5 de julio de 2009

El vademécum de 2002 desarrolla esta solicitud en una serie de indicaciones concretas de amplio espectro. Dejando en claro desde el principio que ninguna contraindicación a la celebración del bautismo puede venir del nivel de “preparación” religiosa de los padres y de los padrinos, o de su grado de conciencia de la responsabilidad que se asumen respecto a la educación cristiana del niño para el que solicitan el bautismo.
La catequesis bautismal –sugerían los obispos bonaerenses hace siete años– ha de adaptarse a las condiciones de vida y a las posibilidades reales de los padres y padrinos, sobre todo en lo relativo a horarios y modalidades. Yendo, si hace falta, a domicilio, para que este deber cumpla realmente con su finalidad y no se torne un incordio con el efecto de diferir o impedir el bautismo socilitado. En casos particulares, esta preparación puede realizarse con ocasión de la homilía de la celebración bautismal.
También la elección de los padrinos –tema muy ligado a la sensibilidad “familista” latinoamericana– es tratada con un enfoque desdramatizante, comenzando por el dato implícito de su carácter accesorio («la disciplina de la Iglesia requiere tan solo que en la medida de lo posible se ha de dar un padrino al niño que reciba el bautismo»). El vademécum constata que los padrinos «desempeñan más bien un rol social y, salvo excepciones, no suelen concebirse a sí mismos como educadores o garantes del crecimiento en la vida cristiana de sus ahijados». Reconoce que «cuando los padres han ofrecido a alguien ser padrino y el mismo ha aceptado, les resulta muy violento sustituirlo». Tiene en cuenta que «en los sectores sociales más humildes y particularmente en los casos de migrantes y de madres solteras, se hallan graves dificultades para conseguir padrinos y que en algunos casos por un pudor natural, no suelen manifestarlo con facilidad. De hecho, muchos bautismos son diferidos y a veces por muchos años, por no conseguir padrinos o que aquellos cumplan con los requisitos exigidos». Mientras es necesario insistir «en que los niños recién nacidos han de ser bautizados lo antes posible». Dispone que se traten con extrema delicadeza y «caridad pastoral» los casos en que los padres hayan elegido como padrinos a personas poco apropiadas para este rol. En casos de pública incongruencia de la vida del padrino con los principios de la doctrina católica, se llega a sugerir una salida: aceptar al candidato propuesto en calidad de testigo como acontece con los cristianos no católicos. El objetivo primario es siempre «evitar que se difiera indefinidamente o que se impida el bautismo en razón de los padrinos». Para no alimentar inútiles lentitudes burocráticas, se elimina la obligación de pedir permisos o pases entre las parroquias. Hay incluso una llamada elocuente a la actitud acogedora que deben mostrar los encargados de las secretarías parroquiales, evitando ademanes inquisitoriales e intimidatorios de “funcionarios de lo sagrado” («muchas veces», reconoce el memorándum, «quienes no participan de un modo habitual de la vida de las comunidades parroquiales no se animan a aclarar su situación o a pedir alguna explicación. Se retiran, entonces, doloridos y disgustados, convencidos de que quisieron bautizar a su chico, pero que no fueron aceptados o que les pusieron muchas trabas que, para ellos, son sólo burocráticas»).
Las indicaciones del grupo de obispos argentinos insisten en el respeto con que se debe acoger la solicitud de bautizar a los niños. «Quienes se acercan a pedir el bautismo para un hijo, están dando un paso muy importante, que requiere ser delicadamente valorado, apreciado y resaltado, en cuanto expresión de la religión de nuestro pueblo». Por encima de todo hay que evitar absolutamente la arbitrariedad de vincular la administración del bautismo a la pretensión de imponer «garantías hipotecarias» sobre el destino del bautizando. El Código de Derecho canónico prescribe que debe haber «esperanza fundada» de que el niño va a ser educado en la fe católica. Las indicaciones pastorales de los obispos de Buenos Aires al respecto aclaran que el simple hecho de haber solicitado el bautismo para su hijo es ya un elemento suficiente para «suponer, salvo evidencias en contrario, que existe una buena disposición para educar al niño en la fe». Cuando esta garantía falte por completo por parte de los padres, será la comunidad cristiana, dirigida por el párroco, la que busque los modos de suplir dichas carencias, por cuanto el bautismo no es una prestación solitaria, sino que «es administrado en virtud de la “fe de la Iglesia”. Por lo tanto», subraya el vademécum, para evitar cualquier incertidumbre, «no puede negarse el bautismo a los hijos de madres solteras, de uniones civiles, de divorciados con un nuevo vínculo o de personas alejadas de la práctica de la vida cristiana». El padre Giannetti, a la luz de su larga experiencia pastoral, lo considera obvio: «Soy sacerdote desde hace muchos años», dice, «y no he oído nunca que en la región de Buenos Aires se haya negado o aplazado el bautismo de algún niño porque los padres no estaban casados por la Iglesia. Sería como hacer pagar a los hijos las fragilidades de los padres, con una especie de chantaje algo infame».

Un sacerdote confiesa a una mujer durante la peregrinación al santuario de San Cayetano, Buenos Aires, el 7 de agosto de 2009 [© Reuters/Contrasto]

Basta pedir
Sin quererlo, las indicaciones pastorales de los obispos argentinos para facilitar los bautismos proponen de nuevo un enfoque del primer sacramento que en la historia de la Iglesia fue cíclicamente puesto en tela de juicio, en América Latina y no sólo allí. En la época del primer anuncio cristiano en el continente americano, los franciscanos tuvieron que entablar agotadoras disputas teológicas para defender sus decisión de facilitar al máximo el bautismo de los indios. Hoy las objeciones proceden de la cultura «ilustrada», como la define el subsidio: la idea de quienes más o menos explícitamente dicen que se ha de administrar el bautismo solamente a quienes demuestran que están preparados, es decir, a quienes manifiestan «conocimiento» de su significado, dando prueba de conocer sus implicaciones y ofreciendo garantías de compromiso con las promesas bautismales.
El subsidio propone en síntesis los términos del debate, hallando para el criterio de la “facilitación” confortantes semejanzas y apoyo en los Padres de la Iglesia y en las bellas intuiciones del padre Rafael Tello, el teólogo de los pobres y de la devoción popular fallecido en 2002. Precisamente el padre Tello, sin polemizar, describe la mentalidad «ilustrada» como ese enfoque que identifica el bautismo como rito de adquisición de «una espiritualidad que le confiere al hombre la capacidad de realizar acciones espirituales». Una concepción en la que se ve asomar el antiguo equívoco, ese que según el poeta Charles Péguy desvirtúa el cristianismo en una especie de «religión superior para clases superiores»: la idea según la cual la salvación procede del conocimiento, y de la capacidad de autocorrección fundada en el conocimiento. En cambio, siguiendo a Agustín y Tomás, Hipólito, Cipriano y Cirilo de Jerusalén, el subsidio de Buenos Aires reconoce que «en nuestro contexto histórico-cultural el bautismo tiene enormes consecuencias para la evangelización y dejar de darlo, o poner obstáculos para que la gente se acerque, favorece la descristianización de nuestro pueblo». Como ya sucedió en época tardoantigua por la rigidez del catecumenado «la tendencia a poner muchas exigencias, con lo que se dificultó el uso de los sacramentos en la alta Edad Media, en pocos siglos produjo una gran descristianización de Europa que luego debió ser revertida con una acción de sentido contrario protagonizado en gran parte por monjes de origen “bárbaro”». En la exigencia de condicionar la administración de los sacramentos a quién sabe qué garantías de “preparación”, el subsidio ve también el peligro de un cierto “farisaísmo” que lo convierte todo en una mera “formalidad” burocrática: «Nadie puede pensar sinceramente que por esas charlas los padres y padrinos se hagan capaces de educar en la fe y en la vida cristiana a los niños». En cambio, el peligro cierto es atemorizar y alejar a todas las personas que por un motivo o por otro tienen la impresión de no ser “dignas” o “idóneas” para recibir los sacramentos o pedirlos para sus hijos.

Multitud de fieles en el santuario de San Cayetano, el santo patrono del trabajo y del pan, el día de su fiesta, el 7 de agosto de 2009 [© Associated Press/LaPresse]

Sin esfuerzo y sin dolor
Pero la recomendación de favorecer con todos los medios la celebración del bautismo, adaptándose a las circunstancias y abandonando toda condición artificiosa autoproducida arbitrariamente por la práctica pastoral, no es una idea genial para tiempos de descristianización, una decisión táctica para amortizar la hemorragia de fieles. El subsidio publicado en Buenos Aires sugiere repetidamente que este enfoque es el más conforme y respetuoso con la naturaleza misma del bautismo y de los demás sacramentos. Como escribe Cirilo de Jerusalén en su Catequesis, citada por el vademécum bonaerense: «Cristo recibió los clavos en sus inmaculados pies y manos, experimentó el dolor; y a mí, sin dolor ni esfuerzo alguno, se me da gratuitamente la salvación por la comunicación de sus dolores». Esta gratuidad es el rasgo propio e incomparable que caracteriza toda la dinámica de los sacramentos, tal y como la Iglesia los ha administrado siempre, a partir del bautismo: «La iniciativa del bautismo», está escrito en el memorándum, «proviene de Dios, que inspira a los padres cristianos el pedirlo para sus hijos. Aun cuando ellos no sepan dar razones adecuadas, e incluso sin saberlo, están actuando motivados por la libre y amorosa elección de Dios que quiere que ese niño sea hijo suyo en Jesucristo». Y en otro pasaje: «Pensemos que la decisión de traer al chiquito a bautizar ya es fruto de la gracia de Dios: el Espíritu Santo está actuando en el corazón de esos padres y los mueve a pedir el bautismo para su hijo». La piedad popular –insiste el padre Tello– es la expresión del sensus fidei que ha reconocido y confesado durante siglos, sin demasiadas palabras, esta naturaleza del bautismo como gesto gratuito del Señor: «Un hecho sensible (el rito bautismal) captado como un signo de que Dios lo toma para sí, uniéndolo a su hijo Jesucristo». Y a quien confía «en la acción misericordiosa de Dios que salva» no se le ocurre poner ridículos obstáculos al trabajo de la gracia. Si acaso, trata –en lo que puede– de hacer espacio, limpiar el camino, para que el camino sea más fácil. Sabe por instinto de fe que la Iglesia de Cristo no puede tener como rehenes los dones del Señor. Porque esos dones no son propiedad suya.

Como un caminito para todos
Entre los documentos de distinta procedencia recogidos en el subsidio hay también un breve manual de sugerencias para los padres de la parroquia de la Inmaculada Concepción sobre cómo ayudar al desarrollo en la fe de sus hijos durante los primeros años de vida, después del bautismo. Sugerencias que se ofrecen sin pretensiones, indicando gestos sencillos, breves y concretos, teniendo en cuenta también algunos elementos orientativos propuestos por la psicología evolutiva moderna. Pequeños consejos para favorecer el desarrollo de niños sanos, serenos y contentos. Así, para el primer año de vida, se propone a los padres que, «junto al beso de las buenas noches, bendigan a su hijo trazando la señal de la cruz en su frente, pidiendo la protección del Buen Dios para él». Para el segundo año, les proponen a los padres «realizar la visita a la iglesia del barrio, para que esta se vuelva familiar para el chico». Y como los niños a esa edad comienzan a imitar lo que ven hacer a los otros, se les aconseja a los padres que «tiren un besito a la imagen de Jesús, de la Virgen, de algún santo querido, o hacer un ratito de silencio. Siempre obviamente gestos sencillos, breves». Para el tercer año, cuando el niño empieza el jardín de infantes y aparecen los amigos, el consejo es el de hablarles de Jesús como amigo, e ir enseñándoles el Ave María y la oración al ángel de la guarda …
Así, día a día, se va creciendo. Casi sin darse cuenta que cada nuevo paso puede ser sencillo como el primero, para toda la vida.

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