La elegancia del erizo, de Muriel Barbery

Siguiendo la recomendación de una publicación que leo mensualmente (Revista Huellas) y aprovechando el tiempo de vacaciones, compré y emprendí la lectura del último libro de Muriel Barbery, La elegancia del erizo (Buenos Aires: Seix Barral, 2009) Me encontré con una más que agradable sorpresa: una novela interesante y muy entretenida que mantiene todo el tiempo abierta la pregunta sobre el sentido de la vida.

La historia transcurre dentro de un edificio de lujo de ocho pisos en un barrio adinerado de la ciudad de París. Se va alternando la narración que hacen de su propia vida las dos protagonistas.

Una es Renée, conocida por todos como la señora Michel, portera del edificio. Bajo una apariencia “pobre, discreta e insignificante” (p. 13) esconde una basta cultura, una gran pasión por la lectura y un gusto exquisito por el arte.

La otra es Paloma, una niña de 12 años, que vive en uno de los pisos del edificio con sus padres y su hermana. “Excepcionalmente inteligente” (p.19) según ella misma se describe. Sostiene que “la mentira universal que todos creen por obligación… es que la vida tiene un sentido que los adultos conocen…Cuando, una vez adulto, uno comprende que no es cierto, ya es demasiado tarde. El misterio permanece intacto, pero hace tiempo que se ha malgastado en actividades estúpidas toda la energía disponible. Ya no le queda a uno más que anestesiarse…” (p. 18)

Paloma decide, entonces, suicidarse cuando cumpla 13 años, a excepción de que encuentre antes algo por lo valga la pena no hacerlo “…si hay una cosa en el mundo por la valga la pena vivir, no me la puedo perder, porque una vez que uno se muere es demasiado tarde para arrepentirse de nada, y morir porque te has equivocado es una tontería” (p. 34)

Y en la búsqueda de ese algo escribe dos diarios: uno de “ideas profundas” ya que “si nada tiene sentido -dice- al menos que el espíritu se vea esforzado a enfrentarse a tal situación” (p. 22) y otro del “movimiento del mundo” en el que habla del cuerpo y de las cosas “de las obras maestras de la materia” (p. 34)

En un determinado momento, se muda al edificio un nuevo vecino, Kakuro Ozu, “alguien que busca a la gente y ve más allá de las apariencias” (p. 159). Tiene el don de mirar a cada una como preguntándole ¿quién eres? (p. 185) Renée y Paloma se perciben así, miradas por un hombre, en cuya compañía se sienten “alguien” (p. 349) Kakuro entabla una relación personal con cada una de las protagonistas y les abre la posibilidad de que se descubran entre sí. Surge así una amistad abocada a reconocer “la grandeza de las pequeñas cosas, buscándolas hasta en el corazón de lo no esencial, allí donde, ataviadas con indumentaria cotidiana, surge un cierto ordenamiento de las cosas corrientes y una certeza de que es como tiene que ser, de la convicción de que está bien así” (p. 131).

A partir de estos encuentros las protagonistas recorren un camino que les permite reconocer que la vida no es lo que ellas creían, para luego comenzar a preguntase qué es realmente y cuáles son los motivos por los que vale la pena vivirla.

Un bellísimo libro que vale la pena leer.

Ximena Artigues

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