Fiammetta

Alver Metalli

¡Otra que llamita! Ella es una llama, un fuego de ardiente vitalidad. Fiammetta Cappellini –este es su nombre y apellido- es uno de los miles de voluntarios que se mueven entre las ruinas de Port au Prince, un “cuadro”, para usar una palabra en boga en algún tiempo, de una de las cientos de ONGs que el terremoto ha movilizado a la enésima potencia. Una potencia buena, benévola, opuesta a aquella que en el espacio de pocos instantes derribó una cantidad colosal de edificios y vidas. El día de Fiammetta comienza con las primeras luces del alba. Abre la puerta y se sienta en el piso del umbral de la casa, que gracias a Dios ha resistido bien los 57 segundos de convulsiones y sacudidas que a pocos centenares de metros ha hecho una masacre entre la población haitiana. Mira hacia fuera, el jardín transformado en un depósito. Cientos de palas apiladas en paquetes como viejos fusiles de guerra en un campamento de soldados, cajas de alimentos no perecederos, bolsas azules de gruesa tela conteniendo las partes de las preciosísimas carpas, que poco a poco sustituyen los campamentos precarios que han surgido como hongos desde el día siguiente al terremoto. Y los colchones, montañas de colchones, catres, paquetes de sábanas, cajones de pomos de dentífrico, cajas de jabón, recipientes de desinfectante.

El generador comienza su zumbido, y también el módem envía la señal que indica que el contacto con el mundo externo se ha restablecido. Con una mano Fiammetta agarra la taza de café, con la otra sostiene la computadora en precario equilibrio entre sus piernas cruzadas en posición hindú. Una hora de e-mail, con los “jefes” de Italia, con los muchos que le escriben, amigos y desconocidos que supieron de ella -de su vida y su trabajo- en los diarios, la radio o por fugaces imágenes de televisión. Los actualiza sobre los últimos acontecimientos, el nacimiento de una niñita en una carpa en el campamento de Place Fierte, de dos metros por dos, donde viven mamá, papá, la tía y cuatro hermanitos; el agua potable que ha llegado, con un purificador enviado por la protección civil italiana, 7500 litros para las casi mil doscientas personas del campamento; la primer carpa-escuela que ha comenzado a funcionar, doscientos niños desde jardín maternal a sexto grado, y la primer clínica al aire libre, armada por dos médicos italianos.

En tanto, mientras lanza sus mensajes a la red, llegan los colaboradores, los “expatriados” como ella, algunos italianos, Simone, Eduardo, un francés, Jean Philippe, y detrás de ellos, uno atrás del otro, los haitianos, aquellos que Fiammetta ha comenzado a reclutar desde que llegó a este fragmento desafortunado del Caribe. Una concentración mortífera de desastres naturales, mezclados con los políticos: treinta años de Duvalier, tres golpes de estado entre 1988 y 1991, Arístide y su odisea, hasta las elecciones presidenciales con el segundo mandato de René Preval. Treinta y seis años, segunda de cuatro hijos, Fiammetta llegó a Haití por primera vez hace nueve años. Entonces trabajaba en una editorial de textos escolares, en Bergamo (Italia). Vuelve a la isla algunos meses como voluntaria, esta vez con las hermanas de Madre Teresa. Conoce a quien hoy es su marido, Frederich Fritz, 44 años, brillante abogado que presta sus servicios en un proyecto del Banco Mundial. El quiere permanecer en Haití. Ella acepta y regresa en 2006 «para ver si en este país podía vivir y encontrar mi lugar», dice con alguna reticencia. La estadía es positiva. Comienza a trabajar para la ONG AVSI. Se casa, llega un niño, un morenito que hoy tiene casi dos años. Y estamos ya en el terremoto, en la casa transformada en depósito, en los haitianos que se sientan en un círculo en el jardín para hacer con ella el programa de trabajo del día.

La reunión de las ocho comienza. Se asignan los medios, furgón, jeep, auto, según las cosas a transportar, se establecen las prioridades y los destinos a los diversos campamentos. Estamos en camino a Cité Soleil, la villa con peor fama en Haití, un crisol de miseria y violencia donde la lucha cotidiana es sobrevivir. La casi totalidad de los hombres de Citè Soleil no tiene empleo estable, los ingresos por núcleo familiar son bajísimos, fruto del comercio informal -callejero o en los mercados- que al final del día deja apenas para quitar el hambre. Las tarifas las conocen todos. Un día de trabajo 150 gourdes, dos euros y medio, 20 gourdes por lavar la ropa a terceros (30 centavos de euro), 10 gourdes por el transporte de agua; luego están también los kokorat, niños y adultos que hurgan en la basura buscando elementos para reciclar, 10-15 gourdes por cada libra de plástico, algo más por hierro o aluminio.

En Citè Soleil los jefes de las bandas, los violentos, han vuelto a tomar sus puestos, luego de haber huido de la cárcel. Huido, por decirlo de algún modo. No se puede tener encerrado tras las rejas ni siquiera a los delincuentes cuando el mundo se derrumba. Los carceleros han abierto las puertas del penal y cuatro mil hombres han vuelto a las calles en la villa de Port au Prince. «En Citè Soleil se están reorganizando» confirma Fiammetta «y buscan involucrar nuevamente en sus bandas a aquellos que se han unido a nosotros». También hay soldiers dentro del personal del AVSI. De líderes del mal se han vuelto líderes del bien. «Tonton era un soldado entre los más confiables del jefe de la banda de los Boston» cuenta Fiammetta. «En 2006 se involucró con nosotros como mediador de paz y en los últimos seis meses encontró trabajo como asistente social, identificando a los niños de la calle en la villa y –después del terremoto- a los pequeños que han perdido ambos padres. Los sigue uno por uno, va sus casas, está comprometido a toda hora del día con este trabajo; pone todo de sí. Anteayer me dijo que el jefe de la banda lo había convocado nuevamente. Decidió quedarse con nosotros. »

Fiammetta recorre el campamento. Se detiene, espera tener alrededor a las madres, explica que no deben cocinar dentro de las carpas, y que no deben usarlas como toilette. Las epidemias están al acecho. Recomienda que no se prepare la leche en polvo dentro del biberón, el agua aún no es potable. «En estas condiciones hay partos prematuros y los hospitales no se hacen cargo. Dos recién nacidos, ayer, no sobrevivieron». Con dos médicos a sus espaldas, entra en las carpas y visita a los pequeños: infecciones, mal nutrición, graves problemas de higiene por doquier.

Preguntamos a Fiammetta donde se encuentra la originalidad de la intervención de la ONG a la que representa. «En la atención a la persona concreta, con sus problemas, y en la valorización de los recursos que tiene para afrontarlos y resolverlos». Comprime en una frase todo un tratado de doctrina social. Nos queda a nosotros dilatarla, extraer todo lo que contiene. Pero para hacerlo, es necesario mirar lo que existe afuera.

Boulangerie du bon pain boniface. Un local puesto como el mejor y repasado con una mano de pintura celeste. Una entrada angosta entre rejas de hierro. Es una panadería. Descubrimos que hay otras dentro de la villa de Citè Soleil. Las llaman AGER, actividad generadora de rédito. Así como las panaderías, hay otros cuatro talleres para la fabricación de sandalias de cuero y plástico, tres lavaderos de autos y motos, un laboratorio para la producción de velas (en Citè Soleil no hay electricidad), un locutorio de Internet con cuatro computadoras que funciona con un generador. Además, los criaderos domésticos de pollos, una fábrica de ladrillos huecos, una peluquería, una carpintería, un taller de corte y confección. «Los panaderos habían perdido su trabajo y se encontraban al borde de la mendicidad», explica Fiammetta. «Les hemos conseguido los hornos, los moldes y bolsas de harina y así se comenzó. Ahora, después de dos años funcionan con sus propias fuerzas». El terremoto los ha perdonado. Les preguntamos sin vueltas que pasaría si en poco tiempo se les pidiera desmovilizar todo y volver a Italia. «Creo que el mandato de una ONG es prepararse para partir. Yo podría irme pero los locales, los haitianos que trabajan con nosotros, continuarían haciendo lo que están haciendo».

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