Por qué Dios no es una ilusión

Alver Metalli, para LA NACION

Lunes 29 de marzo de 2010

Las discusiones acerca de Dios y sus periódicos retornos no es precisamente uno de los temas que más apasionan al lector de un diario. Salvo raras excepciones. Los dos artículos, el de Enrique Tomás Bianchi “Dios en el siglo XXI” y la continuación de Fernando Ortega con “Dios, la religión y la fe”, publicados en esta sección recientemente, se cuentan entre estas últimas. La cadena de afirmaciones de ambos artículos, tomadas en préstamo de los críticos modernos del discurso religioso, es sugestiva y sugerente. Primera afirmación: el hombre es un manojo de deseos; el desear es lo que define su naturaleza profunda. Segunda: el deseo, como el flujo inextinguible de un manantial, apunta alto, reclama lo que es perenne, lo sustancial, un sentido para el dolor individual y colectivo y un significado para el placer. Tercera: y aquí, en la encrucijada en la que el deseo se encuentra con la “insoportable realidad” -como afirma Bianchi, al citar a Lacan- anida la gran sospecha: que un Dios concebido a partir del deseo humano de felicidad (“demasiado humano”) sea, al fin de cuentas, una ilusión, una proyección, un invento del corazón humano. La frase de Compte-Sponville que cita Ortega tiene la virtud de ser inmediata: “Una creencia que responde tan exactamente a nuestros deseos hace temer que haya sido inventada, justamente, para satisfacerlos”. Es decir que la religión, el cristianismo, adquiere su fuerza y su éxito de la potencia del deseo humano, que en sí mismo postula su objetivo; un juego de espejos, en definitiva, en el que el hombre refleja y es reflejado en lo que proyecta fuera de sí mismo.

Es una sospecha radical que apunta al corazón de la pretensión cristiana. Por el contrario, el cristianismo plantea la cuestión religiosa a partir de la revelación de un Dios que libremente ha salido al encuentro del hombre. El Verbo que se ha hecho carne para redimir una carne que no puede elevarse a la altura de lo que desea.

Esta sospecha de que el hombre, en su deseo de alcanzar aquello que lo completa, haya fabricado la respuesta religiosa, trascendente, sobrenatural, ha tenido gran cantidad de variantes en la historia contemporánea, dependiendo del punto de vista -aunque más exacto sería hablar del núcleo epistemológico- a partir del cual cuestiona al hombre religioso: pensemos en el concepto de alienación en el marxismo o en el prejuicio liberal que postula una autonomía operativa del hombre y relega lo religioso al ámbito personal privado. Pero la versión moderna de esta sospecha -nihilista, para hablar con claridad-, del hombre que flota en la nada, es la más radical. El célebre aforismo del colombiano Gómez Dávila, que afirma, refiriéndose a la historia: “Escéptico o católico. El resto desaparecerá con el tiempo”, permite comprender hasta qué punto esto es así.

Esta sospecha, la sospecha escéptico-nihilista acerca de Dios, se puede afrontar en diferentes niveles. Michel Houellebecq, en su afortunada novela Las partículas elementales , toma el camino de las grandes mutaciones metafísicas que se producen en la historia de la humanidad, “es decir, las transformaciones radicales y globales de la visión del mundo adoptada por las mayorías”, de las cuales el cristianismo sería un acabado ejemplo. Y un laico (al que, sin dudas, no se puede acusar de devoto) como Borges deja abierta la posibilidad del misterio cristiano cuando habla del asombro frente a “la sospecha general y borrosa del enigma del tiempo por el milagro de que a despecho de infinitos azares perdure algo en nosotros: inmóvil”.

Sin embargo, defender la credibilidad -o la razonabilidad- de la pretensión cristiana contra la sospecha escéptico-nihilista de la autogeneración de la respuesta religiosa en estos términos no conduce a un resultado convincente, a un resultado que esté a las alturas de la crítica demoledora que se propone contestar. El encuentro del hombre con el misterio de Cristo también inaugura en la historia la emancipación de la conciencia humana.

En cierto sentido, el Dios que se revela precede al hombre que lo espera, y es Guardini quien plantea esta inversión cuando afirma que delante del problema de Jesucristo se desvela lo más íntimo y original de nuestra conciencia, la que responde, al ser evocada, “como el ojo responde a la luz”. El papa actual parece haber elegido este nivel para responder a la sospecha moderna sobre la realidad de Dios, cuando afirma: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. Es interesante notar que en sus viajes y en los encuentros con jóvenes privilegia la descripción de la humanidad de los santos antes que la argumentación apologética de tipo especulativo. Precisamente él, que es un experto teólogo. La misma catequesis semanal durante mucho tiempo estuvo dedicada a los santos, “imágenes de hombres y mujeres comunes que superaron sus límites para llevar una vida extraordinaria”. Para la sospecha de que la religión es una creación del deseo del hombre no existe una respuesta verdaderamente persuasiva que no siga el camino de señalar los hechos concretos, los hechos que ponen en evidencia que ha surgido en la historia un tipo humano inédito, ese “hombre nuevo” perseguido dolorosa e inútilmente por las grandes ideologías modernas. © LA NACION

Metalli es escritor, miembro del Centro Cultural Charles Peguy de Buenos Aires.

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