El baile de la Victoria

El baile de la victoria (2003) es en principio una novela de Antonio Skármeta. El director español Fernando Trueba la llevó al cine años después, realizando un minucioso trabajo de reelaboración junto a su hijo. Skármeta siguió de cerca la reescritura porque le había interesado la manera con la que Fernando había leído su novela: “Fernando Trueba tiene un modo tan preciso como delicioso para involucrarse en una novela de la cuál le gustaría hacer un film. Dice que “la ve”. Esto es exactamente lo que sucedió con “El Baile de la Victoria”. La leyó y la ‘vio’.

El resultado importa, claro, pero el proceso de producción del que habla Antonio Skármeta ya valdría por sí mismo todo el esfuerzo. Para un autor de su estatura, significó volver a descubrir la amistad y la creación como dones, que llegan uno de la mano del otro: “Confieso desde ya que ir luego juntos los dos sobre cada escena y diálogo fue una de las experiencias más hermosas de creación y creciente amistad que me ha regalado la vida. En este proceso entendí lo que Trueba quería decir con “ver”: comunica imágenes “completas” donde no falta un concepto de la luz que tendrá la escena, del gesto de los actores, del ángulo de la cámara, y sobre todo, de la música, la bendita música que hacía que ambos nos sintiéramos personajes de un film que YA tenía sonido.”

Los encuadres, la maravillosa música, las texturas, el movimiento, los juegos de luz y sombra, los magníficos planos panorámicos. Trueba cuida al extremo cada uno de los detalles y arma preciosos cuadros que se suceden unos a otros, casi sin darnos tiempo de poder apreciarlos a todos.

Esta película cuenta, no en vano se menciona en el título, una gran victoria. ¿De qué, para qué, contra qué?

En la primera escena, unos ojos grandes y negros miran asombrados. En la segunda, una imagen imponente de la cordillera andina. En la tercera, Victoria, la dueña de esos ojos, frente a los picos eternamente nevados suspira, abre el pecho, quiere llenarse de esa inmensidad. Esto sucede en los primeros diez segundos del film. Unos ojos abiertos, la belleza que los despierta aún más y el deseo de ir detrás de esa belleza, de vivirla, de absorberla. Son diez segundos, pero si uno se fija te dejan una de las claves más lindas de la película.

En El baile de la Victoria hay tres maravillosos personajes: Ángel Santiago y Vergara Grey, dos convictos que salen de la cárcel de Santiago de Chile gracias a una amnistía y Victoria, la joven bailarina. Ángel y Vergara Grey tienen vidas y objetivos muy distintos al abandonar la prisión. Ángel, joven y lleno de energía, quiere dar el gran golpe; Vergara Grey, maestro indiscutido en el arte de abrir las cajas fuertes, sólo añora recuperar a su mujer y su hijo. Trueba los presenta en forma intercalada hasta que se unen en un punto: Victoria.

Victoria es su nombre, se lo dice a Ángel Santiago a través de un gesto: los dedos en v. El lenguaje gestual la caracterizará durante toda la película ya que no puede hablar. Comunica lo que siente, lo que vive y vivió, lo que le da rabia y la paraliza, a través de la danza.  En el baile más delicado y audaz de la película, ofrecido por Victoria a sus padres, su boca se abre como un paso más, sin exhalar una palabra. Es el grito ahogado de cuando mataron a sus padres bajo la dictadura de Pinochet, siendo ella una niña.

¿Hasta dónde puede llegar una herida? Se nos muestran algunas de sus consecuencias: a Victoria la muerte de sus padres le quitó el habla. Ella anda así de lastimada y asustadiza por la vida hasta que conoce a Ángel y a Vergara Grey. Ese es su recorrido: la oportunidad de descubrir junto a ellos que su dolor va mucho más allá, es del tamaño del cruce de toda esa cordillera, y que su necesidad es tan nueva y majestuosa como el mar que a sus veinte años aún no había visto. Esta es la vuelta de tuerca de Trueba con respecto al tratamiento tradicional del tema de los hijos de desaparecidos. Entiende que el sufrimiento ante un hecho así en la historia de una persona es inconmensurable, pero también sabe que estas personas tienen ahora una vida que enfrentar, sus propias vidas, donde este gran dolor está dentro de un drama profundo y personal: el de encontrar un motivo ahora por el que valga la pena elegir la existencia.

Victoria es su nombre y esta palabra estará muy presente a lo largo de la película en cuanto a su significado. Victoria vence en su enamorado Ángel. En la piel de Abel Ayala, excelente, este ladrón ya se había dado cuenta de que la cárcel era un lugar donde se entiende la naturaleza humana,  pero sólo al enamorarse de ella sabrá que la vida es algo más que sus planes, aunque sea el de dar el golpe más grande de la historia chilena: “cuando salí de la cárcel sólo pensaba dar el golpe. Todo eso no vale nada si no tengo a la Victoria.” Este pillo entre pícaro e ingenuo es una verdadera creación. No sigue los cánones del buscavidas típico. Es cierto que es vivo como el hambre, pero será tan capaz de engaños como de dádiva y de perdón, e incluso de acciones que rayan la magnificencia.

Ellos dos, Victoria y Ángel, vencen en el ya maduro Vergara Grey. También este hombre a quien todos admiran por su pericia en el delito se deja apartar de sus planes sólo y cuando Victoria y Ángel comienzan a importarle. El, el hombre que se niega a escribir sus memorias porque sólo podría contar cosas tristes, se arriesga por ambos.

Por último, Victoria será protagonista de la más grande de las victorias. Para entenderla hace falta estar atento a la clave mencionada al principio. La imagen de la cordillera ante la que vuelve a suspirar y a abrir el pecho es también el último cuadro de la película. La necesidad, el dolor, el amor, el lenguaje, la muerte, la vida. Todo tuvo un recorrido en ella y Trueba encuentra en esa última imagen, ella ante un espléndido cielo y nieves infinitas, la mejor manera de poner delante de los ojos de Victoria y de los nuestros, cuál fue y cuál sigue siendo su significado.

Alicia Saliva

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